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E
ste lugar está pensado para subir todos mis escritos, tonterias y algunos sueños; aquellos regados por otros lugares, mientras algunos nuevos se van colando.



Lashiel

27 dic. 2012

Cocina Fácil

Para adictos a la Escritura un cuento en época de navidad que no lo es.


Todo fue tan repentino, aunque sí lo pensamos un poco, ya le había llegado la hora al viejo tío Jacobo.
Sin duda alguna no podré olvidar nunca esta navidad, pues el tío Jack, como lo llamaba la tía Marie está grabado en todos mis recuerdos de noche buena.
Era un tipo excéntrico pero hilarante; del tipo de locos que cruzaría un mar solo por encontrar al amor de su vida. Literalmente lo hizo con Marie. La ovejita descarriada de la familia. Todo un roble, fuerte, alto indomable. Todo un hombre. Y hoy estaba frente a su ataúd.
Mi tía no comprendía bien que había sucedido, sí tan solo la noche anterior se veía tan vigoroso y jovial. Con su apetito característico devoro la ración de medio regimiento y algunos postres más.
Tan solo las fiestas pasadas corrió desnudo por el jardín, mientras Yo estaba metido entre media docena de cobijas. Le recuerdo bien gritándome que le acompañara a cazar conejos, de “los grandes”, pues cuando nieva su carne es más dulce. Y hoy estaba más tieso que aquellos conejos.
Pero qué le pasó, me preguntaba. Los ritos funerarios duraron desde ayer por la noche y tal vez seguirían hasta el día de hoy. Así que tenía tiempo para investigar mientras las mujeres rezaban una y otra vez, y los viejos contaban historias de cuando eran unos críos.
Dos horas más tarde, porque su casa estaba realmente apartada de la ciudad, llegué al viejo pueblito. En la puerta de su hogar miré coronas de flores y otras menudencias en honor al difunto.
Puertas y ventanas cerradas. Obvio. Así que tras abrir la pequeña reja que daba al jardín trasero trepé por un árbol y salté hasta un cobertizo, por el cual me arrastré hasta la ventanilla del baño.
Limpio, impecable, aquello era tal cual el estilo de mi tía. Todo en su lugar, siempre en el mismo lugar; como una fotografía, como un museo. Exactamente como en los recuerdos de mi niñez, cuando en vacaciones invernales pasaba los días en aquel lugar.
Paso a paso recordaba pequeñas anécdotas, cada una tan graciosa como ninguna otra. Nadie me creyó jamás, como aquella vez en que tuve que sacarlo de la chimenea; o cuando persiguió a un pequeño zorro por toda la casa, siendo la vajilla de la abuela la víctima número uno.
Al final, tras un sinfín de recuerdos llegué a la cocina. ¡Había sido remodelada! No podía creerlo. Extraño, peculiar, terrorífico. No podía adivinar cómo logró el tío Jack convencer a la “Sargento Ma-Rie” (como le decía a sus espaldas) para dejar ir aquella cocina de mediados del siglo antepasado.
Ollas, cacerolas, cuchillos y sartenes por doquier. ¿Estarían esperando visitas? Parecía que servirían a un regimiento, pero no entendía nada. Moviendo todo de un lado a otro encontré un viejo libro, y viejo es decir un alago, aquello se deshojaba y apestaba a guardado.
En la portada se leía el título apenas visible: “Cocina Fácil... para…”. Pero la última palabra se había borrado. Entre sus hojas un separador dejaba entre ver que “tal vez” estuvo intentando cocinar algo llamado: “La cura de Santa Claus…”.
La cura de qué… Creí haber leído mal así que releí una y otra vez, pero estaba en español. “Santa Claus” Hice una mueca mientras me rascaba la cabeza. No entendía nada, así que exploré entre los restos de aquel siniestro.
Creí identificar carne de alce, reno o venado; pero no estaba seguro. Moras, uvas y cerezas. Un enorme tarro de grasa de puerco y algunas botellas de vino tinto. Pero en muchas ollas y cazuelas había cosas que jamás había visto.
Fue en algún momento que un viejo imán de Santa Claus con su trineo y todos sus renos sobre el refrigerador. Y sin más lo abrí de par en par…
En su interior el cuerpo maniatado y amordazado de un viejo gordo y barbado que apenas podía respirar. Pero no pude ver nada más, pues perdí la conciencia. Algo duro me golpeó en la nuca y caí sobre las rodillas del regordete personaje.
Antes de desmayarme escuche una voz conocida llamarme “chico malo”.

26 sept. 2012

En carne propia.

Para adictos a la Escritura. Ejercicio de septiembre: "El mes del asco".
...

“He vivido y he gozado todo lo que la vida me ha dado. No me queda remordimiento alguno. Adiós Marie”.
Aquellas palabras se guardaban apenas en una nota ensangrentada, justo al lado del cadáver destazado de un chico de no más de treinta años.
La tarde había sido muy tranquila, podría decirse muy “aburrida”, hasta que un llamado me sacó volando hasta la escena del crimen.
-Jack. Tenemos un homicidio en Merie Street y Saint Journal.- Olvidó mencionar el número, pero al llegar, fue evidente que no era necesario.
Aquel lugar, un sitio semipoblado, despejado a las horas laborales era la dirección del caso. Una casa pequeña, de tres niveles, totalmente descuidada y sucia. Al entrar el hedor a muerte despejó mis fosas nasales, pero aquello solo fue la bienvenida.
El equipo forense se hallaba trabajando en la cochera, donde al parecer todo había terminado; pero pronto me di cuenta de mi error. Justo cuando pise algo, que instintivamente pateé. Aquello suave y gomoso, un trozo de piel y grasa. Levanté una ceja y con curiosidad lo examiné. Apestaba a feromonas y adrenalina.
-Jack. ¿Estás ahí? Ven rápido.- Uno de los tenientes supuse.
Al llegar hasta ahí. Aquello era inefable. La cocina, un matadero. Trozos pequeños y pedazos enormes de cuerpos; hombre y mujeres, cual carne en carnicería. La pileta llena de sangre y sobre el fregadero bolsas llenas de vísceras; pero ninguna pista de las cabezas.
Para los forenses aquello era un trabajo más, para mí una pesadilla cotidiana. Entonces escuché susurrante una voz que me llevó hasta la cisterna. Limpia, demasiado. Las voces aumentaban y aún así no les entendía. Hasta que abrí la compuerta y les vi. Docenas de cabezas envueltas en plástico me miraban. Sus ojos seguían los míos y en un instante no pude más…
-Te gusta. ¿Verdad? Perra… mi dulce puta.- No veía nada, pero le escuchaba. Mi cuerpo cansado y adormecido revivía a cada golpe, a cada corte con cada descarga.
Entonces lo sentí. El calor ardiente, al rojo vivo de un cuchillo sobre mis tetillas; y de pronto. ¡Sassss! Un grito sin fuerzas se escurrió de mi boca. Pero el cuchillo volvió. No lo podía creer. Intentaba como pude escapar, abrir los ojos, pero con cada intento, algo se clavaba en mis muslos después del sonido de una explosión.
No podía moverme, aquello me dejó clavado a una silla. Y entonces se detuvo. Pero en lugar de calma, el miedo me arrebató. Sus pasos suaves y el murmullo del cuchillo afilándose en la piedra desgarraban mi corazón. La sangre en mi boca, la falta de dientes y el picahielos perforando mi lengua. Todo aquello además del silencio, aumentaba el tic tac de mi corazón.
Moriré, era lo único que daba vueltas en mi cabeza. Mientras el odio y el rencor iban y venían. El nombre de Susan recorrió mi cabeza. Solo para detenerse bruscamente. Mi cuello fue cercenado y todo aquello se desvaneció.
Al regresar a mí. Tenía la lengua de fuera, las manos sobre la garganta e hincado en el piso mi esfínter cedió, envolviéndome en mis fluidos corporales.
-Calma Jack. Ya todo está bien.- Una suave y fuerte voz de mujer intentaba aliviar mi pecho. – ¿Le has visto? ¿Sabes quién fue?- No podía hablar, el shock fue tan severo que mis cuerdas bucales las sentía cortadas.
Aquella chica me levantó y ayudándose de un pañuelo limpió mi rostro. Lentamente fuimos hasta el garaje. Y ahí dentro sobre uno de sus muros estaba Él. Su cuerpo desnudo, con los genitales cercenados y dejados en su boca, se erguía en posición de Cristo en la cruz, pegado por docenas de clavos de una pistola hidráulica.
Lentamente anduvimos hasta ahí, mientras que los detalles volvían a mí. La silla llena de hoyos, los cuchillos de puntas fundidas y un soplete de buteno a dos pasos. Pero cuando llegué hasta su cadáver me di cuenta que en su boca, sus genitales se mantenían fijos gracias a un picahielos. Sin darme cuenta, sin sentirlo, lo jalé.
Entonces todo se volvió rojizo y sus ojos me miraron y por un instante le oí decir:
-Serás el próximo…Sirena…-
 Caí al piso mientras mis ojos la buscaban a “Ella”, quien sonriendo angelicalmente entrelazó su mirada a la mía.

26 jul. 2012

Una sonrisa carmesí.


Para "Adictos a la escritura" un ejercicio más. Juntos, revueltos y de aniversario.
Personajes: Un payaso y una sirena.
Esta vez jugué con otro estilo y otra temática, aunque creo que mis ojos siempre ven las cosas con cierto "matiz". Jejeje.

[Imagen:
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[Una sonrisa carmesí.]

Eran las 4: 15. El teléfono sonó nervioso, o tal vez era Yo el neurótico. Una, dos, tres veces hasta que descolgué.

−        ¡Jack! Te necesito en el Muelle Alancord. Al parecer tenemos un homicidio inusual…− de repente la voz se cortó, al parecer la línea se cayó.

“Alancord”. No me entretuve  pensándolo demasiado. Aquel lugar sucio y despoblado, hacia casi veinte años que nadie lo visitaba. Tras encender a regañadientes el vehículo y recorrer las calles oscuras, la neblina me acompañó hasta dar con el hedor del puerto.

Al bajar vi a algunos colegas examinando la escena. Docenas de pequeños recuadros enumeraban las posibles pistas. Pero la más evidente era aquello frente a mí. Las palabras “inusual” y “homicidio” saltaron de pronto martillándome las sienes.

Un viejo, fornido y calvo, con una inmensa sonrisa dibujada en su rostro. Carmesí. Al acercarme y quitar la frazada sobre su cadáver fue evidente la masacre. De la cintura para abajo, nada. “Algo” le había amputado de un solo tajo la cadera con todo y piernas. Al mirar a mis compañeros, su mirada me dejaba atónito. No habían encontrado “la mitad” de su cuerpo por ningún sitio.

−  ¡Ahhh! Odio mi trabajo. – susurré para mis adentros.

Encendí un cigarrillo y lentamente me quite los guantes de cuero, y debajo de ellos unos de fino látex. Le toqué, mi palma sobre su frente y ahí comenzó la danza.

Le veía apenas, borrosamente. Aquel viejo, un pierrot, celebraba junto a su compañía el aniversario 45. Así mismo su despedida. Su lengua embriagada en melancolía se veía adormecida por una inmensa cantidad de vodka.

Cuando la fiesta acabó, la tristeza seguía ahí. Sus pies duros y apelmazados por su inmenso calzado le llevaban, cual siniestro cadáver por la bruma de la noche. A cada tanto murmuraba algo intangible.

−  Sirena… − le oí decir en algún momento, cuando por fin el alcohol se acabó y dejó tras de sí la botella, al levantarse del piso una vez más.

Su vista cansada le jugaba triquiñuelas. Por un momento creí verles también. Una hermosa chica vestida de blanco nos llamaba. Eso me empapó en miedo, pero seguí adelante; más por la duda que por la inmensa agonía.

Sin decir más ambos cuerpos tan distintos entre sí. Aquel adefesio, tan rancio y decrepito; tan senil y grotesco le tomó en brazos. Aquella linda chica, tan suave, frondosa, exuberante; parecía en realidad una sirena. Sin decir más aquellos cuerpos se retorcieron, mezclando las salivas de sus bocas; tragándose uno al otro. Hasta que sucedió…

Sentí un líquido caliente recorriendo mi garganta, el habla se había esfumado y en su lugar quedo un dolor agudo. Al posar mis ojos en la chica su vestido blanco se había teñido de escarlata. No podía hacer nada, ni siquiera observarle con los ojos abiertos.

El viejo cayó y Yo con Él. Su respiración lentamente abandonó su cuerpo. Su mirada hacia el cielo fúnebre se acompañó por una orquesta de sonidos guturales, inefables, intangibles.

Tras una eternidad, aquella quimera acercó su rostro bestial; maquillado por completo del humor de vida del pierrot, volvió a besarle. Un beso que lo drenó hasta los huesos; hasta el alma, y sus adentros. Fue al final, cuando la muerte se avecinaba que Ella le cerró los ojos.


El aliento regresó a mí. Estaba envuelto en sudor frío, y a mi lado el viejo, su cadáver. La colilla fría del cigarrillo me contaba cuanto estuve fuera. Una palmadita suave y firme me hizo recobrar la cordura, la poca que aún conservo.

− Inusual. ¿No es cierto? – escuche detrás de mí.

Aquella hermosa voz que siempre me despierta de madrugada. La cual hace unas horas me invocó hasta aquí. No sabía sí llorar o reír. Lentamente miré sobre mis hombros, esperándola con la pasión de siempre, pero está vez me equivoqué. Al verle a los ojos enmudecí y tartamudeando apenas dije:

− Sirena… −




15 jul. 2012

¡Corre!

Solo una pesadilla de alguien más.
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Edward se levantó aterrado de su cama. Resbalándose entre los despojos de ropa y restos de comida de la noche anterior, cayó al suelo. Pero su terror era tal que de alguna forma se arrastró hasta la puerta de su habitación cerrándola con fuerza detrás de Él.
Fue entonces que un ruido agudo, el rechinido de la madera entonó aquella madrugada. Edward jadeaba, mientras que sus manos intentaban cubrir su boca para evitar que su aliento saliera por pies. Pero entonces un golpe seco se asentó en la puerta. Aquello lo hizo soltar un chillido casi insonoro, casi. Su respiración entre cortada no pudo para más y entonces el arrebato lo llevó a vomitar.
La cosa tras la puerta acalló su devenir por un tiempo, mientras la respiración de Edward regresaba a su pecho. Por un instante se contuvo y tomó el valor para ponerse en pie. Pero no fue suficiente. Aquel vomito hediento que hasta hace poco estuvo en sus entrañas se revolcó. Y entonces la puerta se abrió de golpe, mandando a Edward de nalgas hasta el muro de enfrente.
No pudo ver nada, dejó de sentir sus piernas y su cadera. Un calor punzante se adentró entre sus muslos, devorándole la sonoridad de sus quebrantos. Aún cuando quiso no pudo correr, ni siquiera cerrar sus ojos. Aquel ente reptante de sus adentros lo apaleó. Una y otra vez, hasta meterse entre sus labios haciéndose lugar hasta sus intestinos nuevamente. 
No supo más. Su cerebro se desconectó de todo y de nada. 
Edward se levantó… 

25 jun. 2012

Proyecto de junio: Juntos y Revueltos

Para el blog adictos a la escritura, un ejercicio divertido. Como es usual, siempre al diez para la hora, lo que lo hace aún más emosionante .

[Anhelada Libertad]

Eduardo se levanto a media noche. Las luces lunares se refractaban de tal forma, que era imposible dormir en la cabina. ¡Esa luna maldita…! Gritaba para sí y sus fantasmas, escudándose siempre de su incompetencia. Vicio usual de un Marín espacial. Forma rimbombante de llamarle a un astronauta naval.

Fue entonces que miró el reloj. Un pequeño cucú, peculiar anacronismo que lo ligaba a su pasado. Eran las 12:23 am. Y golpeando el puerto de mando se exasperó, se preguntaba sí el viejo se habría dado cuenta. Así que sin más tomó su no tan viejo atomizador de partículas y dejó la cabina.

Su paso lento dejaba entrever las secuelas de una guerra. Renco de la pierna izquierda, se apoyaba con su fusil para recobrar el paso. Doce minutos y veinticinco segundos más tarde arremetió con fuerza frente al único prisionero. Pero éste, enmudecido e impávido no le regaló un momento siquiera de su atención.

El Marín bufaba encabritado. Más por su tardía en cumplir con su agenda, que con el desprecio de aquel frente suyo. Su seño desquiciante no esperó más. Digitó los comandos en el panel de control, descargando así un shock, que revivió al recluso.

Treinta y seis minutos. Entonó una voz ronca, muy seca y acabada. Era absurdo, casi inefable. Tendido, más bien tirado se hallaba el cuerpo decrepito del viejo Rey. El último monarca que su reino vio nacer, y al primero que vio caer.

Treinta y siete minutos. Volvió a escucharse. Pero entonces, Eduardo no soportó sus burlas y oprimió nuevamente el botón; sin embargo, esta vez no hubo respuesta. El viejo bulto no se movió.

Treinta y ocho minutos. Aquello caló hondo. Nunca antes sus burlas lo habían descarriado tanto. Prendiéndose del botón, como sí herramienta catártica se tratase, el cosmonauta dejó ir su ira y melancolía hasta no ver nada.

Lo siguiente que escucho fue: Cincuenta y dos minutos. No pudo más. Abrió la celda y encañonado a su rehén, vociferó que callará. La cuenta solo siguió aumentando. En un impulso de salvajismo apretó el gatillo. Por un instante el silencio volvió, engullendo aquella inmensa prisión.

Eduardo respiró lentamente. Sacó de sus ropas un cigarrillo y tras dos fuertes bocanadas se postró juntó al cadáver. Fue ahí que una roída corona rodó, hasta sus piernas. Al tomarla recordó su juventud.

Setenta y ocho minutos. Su cigarro cayó de su boca entre abierta. No podía más. Corrió. Como pudo cerró las rejas y arrastrándose tomó su arma solo para ver como el viejo anduvo fuera. Fuera de su celda, de su nave, de su custodio. Pero la cuenta seguía.
Doce mil, doscientos cuarenta y ocho minutos. Y ni uno más. Se escuchó la descarga de un atomizador. Y la cuenta enmudeció. Solo el viejo cucú, guardó la hora en que aquello sucedió.